Una aventura de tres años



Historias de orilla a orilla


Amilcar Martínez Tabacchi




El joven bioingeniero paranaense decidió abandonar su trabajo y su vida rutinaria para partir hacia a Nueva Zelanda. El 11 de junio de 2011 emprendió un viaje que terminó convirtiéndose en una aventura de más de tres años por múltiples países.


Utrecht, Holanda
Durante más de tres años, el paranaense Amilcar Martínez Tabacchi recorrió decenas de ciudades y países, como Nueva Zelanda, Nepal, China, Tíbet, Hong Kong, Malasia, Tailandia, Samoa, Samoa americana, Australia, Holanda, Francia, Inglaterra, Italia, Indonesia, Singapur, India, Laos, Camboya, Vietnam, Mongolia, Rusia, Polonia, República Checa, Alemania, Luxemburgo y España. Su aventura como mochilero por el mundo terminó el pasado julio, cuando regresó a Paraná.

¿Por qué decidiste dejar tu vida en Paraná y partir hacia una aventura incierta?  
Desde chico quise viajar y recorrer el mundo. Me llamaba mucho la atención la gente que se iba de mochilero, trabajaba en algunos lugares y luego seguía viajando. Mi idea era hacerlo luego de terminar mis estudios, pero al finalizar la universidad, conseguí trabajo y lo fui postergando hasta casi archivar ese plan. Me fui a Buenos Aires a trabajar durante dos años y medio, hasta que un día en Internet vi una entrevista a otro bioingeniero oriundo de Concordia que vivía en Nueva Zelanda a través de la visa working holiday. A medida que continuaba leyendo el artículo, me dieron ganas de irme por un año a trabajar y de paso aprender inglés; era la excusa perfecta para cumplir mi gran sueño.

Laos
¿Dejaste todo así nomás?
Tenía 28 años y ninguna razón que me atara a la Argentina. Había ahorrado algo de dinero, así que no tenía nada que perder y mucho que ganar. Apliqué a la visa y en cuanto la obtuve, me fui. Lo que iba a ser un viaje de un año en Nueva  Zelanda y tres meses en el sudeste asiático se convirtió en un viaje por el mundo de más de tres años.

¿Cómo te mantenías económicamente?
Mi primer trabajo fue de mozo en un restaurante mexicano en Wellington (Nueva Zelanda). Luego trabajé en un hostal, en restaurantes lavando platos y en fábricas empaquetando kiwis, manzanas, ajos y vinos. En Australia trabajé en construcción, lavando autos en una concesionaria y empaquetando mangos. También trabajé a cambio de alojamiento en Samoa, en una granja donde tenía que plantar taro (parecido a nuestra papa), cortar el pasto y, algunas veces, juntar bananas.

¿Cómo administrabas tus recursos económicos para poder viajar?
Con la visa working holiday estuve trabajando y tratando de ahorrar lo más posible, llevando una vida dentro de todo normal y estable. Me cambiaba de ciudad cada tres o cuatro meses. Y con la plata que ahorré, me alcanzó para viajar por Asia y Europa sin necesidad de trabajar. La clave estaba en ahorrar dinero mientras trabajaba para luego no tener la necesidad de hacerlo durante el periodo de viajes.
Para poder desplazarme por los países era fundamental viajar con poco equipaje y mantener una vida sencilla; en Asia, por ejemplo, dormir y comer era relativamente barato. Siempre me quedaba en hostales donde compartía habitación con cuatro a diez personas y comía mucho en la calle, nada de restaurantes, porque además de que era un método para ahorrar dinero, era la forma de experimentar su cultura y mezclarme entre los ciudadanos. También utilicé la red social Couchsurfing, que es una forma de alojarse gratuitamente en las casas de las personas que están inscriptas en la web. Así conseguí alojamiento en China, Mongolia, Rusia, parte de Europa y también en el sudeste asiático. Esa fue la mejor manera de conocer a la gente local; no sólo era para ahorrar dinero, sino que fue la mecánica perfecta para realizar un intercambio cultural. Traté de vivir como viven las personas en cada lugar, nada de tours turísticos, fiestas o salidas costosas, sólo caminar y mimetizarme con cada ciudad y su gente.

Probando el Samagon (vodka casero)
Seguramente hiciste amistades por el camino. 
En el tren junto a una pareja de rusos
con su propio juego de mate

Hice muchísimas amistades, incluso, los dos meses que estuve viajando por Europa fue para visitar a los amigos que había hecho durante todo ese tiempo. Aprendí cosas impensadas, como hacer ice fishing (pescar en el hielo) o jugar a juegos tradiciones mongoles; fui bendecido con un tatuaje hecho por el monje Luang Pi Nunn en el Wat Bang Phra (Tailandia) y hasta fui invitado a distintas bodas, una vietnamita, una hindú y una laosiana. También les enseñé a tomar mate a unos rusos y polacos, Pero de todas las cosas que experimenté, la más importante fue aprender a mirar la vida con otros ojos, otro punto de vista. He sido testigo de aquellas frases hechas que siempre he escuchado pero no entendía como "la plata no hace la felicidad" o "si querés algo, lo vas a obtener". Comprendí que no importa cuánto dinero uno gane o que posición social tenga, lo que importa es hacer lo que uno ama y tiene ganas de hacer; levantarse temprano y no renegar de ir a trabajar.








Entre todas esas experiencias estuvo el día en que pudiste saludar al papa Francisco, ¿cómo fue?

Quería estar en la audiencia que el papa Francisco hace los miércoles a la mañana, en el Vaticano. Ya había estado en una de Benedicto XVI, un domingo hace dos años, que saludó por la ventana. Para ello, Entonces me contacté con un amigo sacerdote que está estudiando en Roma, para saludarlo y comentarle la  idea. Cuando me encontré con él, me sorprendió con la noticia de que tenía la posibilidad de estar cerca del Papa, en un lugar reservado para los argentinos, ya que él había enviado un mail al secretario papal quien luego me incluyó en la lista. Estábamos ubicados en la zona de las sillas cercanas al lugar donde el Papa da la catequesis. Luego, el Papa pasó a saludar a las personas que estaban en ese lugar y cuando estaba al lado mío lo saludé con un beso. Él me dijo con toda humildad: “rezá por mí”.

Un día en mi vida que pasará a la historia
Conocer al Papa Francisco


¿Te sorprendió algo de las personas que viajan de mochileros? 

De los viajeros, me sorprendió que todos estamos en la misma sintonía, la buena onda que hay y lo fácil que es entablar relaciones. Al estar todos lejos de nuestro hogar, se crean lazos más fuertes de lo normal. De la gente local, me llamó la atención su alegría y la curiosidad que tienen por conocer gente de otras latitudes, y ni hablar de su hospitalidad.

¿Cómo hiciste con la comida? ¿Estabas dispuesto a probar cualquier plato?
Cocinando Umu de cerdo, típica comida samoana

Probé muchos platos típicos, desde un cerdo que se cocina con piedras calientes en Samoa (llamado umu), hasta la comida asiática que tiene muchas variedades. Tomé sopas, algo muy típico en Laos, Camboya, Vietnam y China, incluso desayunaba sopa, y la mayoría de las veces no podía distinguir qué ingredientes llevaban. Me gustó la comida hindú, pese a que es muy picante; con el tiempo uno se acostumbra o te hacés entender que no querés utilizar el picante, los platos son muy ricos. Luego, en lugares como Italia me la pasé comiendo, en especial en Nápoles, donde es muy barato. Las comidas asiáticas me gustaron, excepto la tailandesa, que es picante y tiene un sabor dulce. Además, allí comen muchos insectos como grillos, alacranes y saltamontes. Probé una isoca (gusano blanco) y sinceramente no me gustó. En Mongolia la comida era muy grasosa, allí comí carne de caballo, lo cual es típico. Mis aventuras gastronómicas tuvieron pequeñas consecuencias para mi organismo; en Samoa me intoxiqué con comida y luego, a las dos semanas, me sucedió lo mismo con agua en mal estado en Australia. Por suerte no fueron complicaciones graves.


En una boda china
El mochilero, siempre va con su mochila a cuestas… en todo este tiempo, ¿qué cosas fueron imprescindibles? 
Nada es imprescindible, eso es lo importante. Al momento de regresar a Argentina no llevaba mucho, sólo un pantalón, un buzo, tres remeras, una campera, ropa interior, un par de zapatillas extra, dos pantalones cortos, elementos de aseo y poco más, nada en especial.


Si tuvieras la posibilidad de revivir un solo momento de todos estos años, ¿cuál sería?

Es una pregunta muy difícil de responder, no sé si tengo sólo un momento o sólo una experiencia, pero creo que encontrarme con una figura mundial y carismática como es el papa Francisco fue un gran suceso durante mi viaje. Me quedé muy emocionado al ver como la gente lo quiere y como él se da a la gente. Esa interacción, esa energía (al margen de lo que subyace religiosamente para los católicos) fue muy emocionante de presenciar.

¿Qué consejos les darías a las personas que sueñan con viajar de mochileras?
Que no tengan miedo, que en el mundo hay más personas buenas que malas. Y que, en general, es imposible planificar los destinos porque, al viajar, uno va conociendo mucha gente que seguramente modificará el itinerario y nuestros puntos de vista.  Es importante que cada quien haga su propio viaje y no se ate a los deseos de otros.

Ya estás en Paraná, ¿cómo sigue tu futuro?
Llegué a principios de julio, lo había decidido hace tiempo porque sentía las ganas de volver al país y a casa. Creo que mi vida de mochilero ha cumplido
su ciclo y gracias a Dios no me puedo quejar de todos los lugares que visité y de la gente que conocí. Quizás para el futuro me quedaría por recorrer el país y Sudamérica, también África, el este de Europa y un país que muchos me han recomendado por su hospitalidad, Irán.

Descansando
Upolo, Samoa

¿Pudiste readaptarte a una vida de rutinas? 
La adaptación me costó y diría que, hasta hoy, me sigue costando. Estar continuamente en movimiento a establecerme en un lugar fijo es un cambio grande, al que no le había prestado atención aunque muchos viajeros me lo habían comentado. Quizás ahora lo más duro o complicado es empezar mi vida en Argentina nuevamente, lo cual lo tomo como un desafío, con un horizonte lleno de expectativas.








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