Un prodigio entrerriano en el Teatro Colón



Nota de tapa


Matías Santos




Nacido en la ciudad entrerriana de San Salvador, Matías comenzó a estudiar ballet a los 18 años. Desde 2005, forma parte del Ballet Estable del Teatro Colón y, este año, fue primera figura de la obra Rodin.


“Me apasiona poder interpretar un rol, buscar dentro de mí, emocionarme y sentir esa adrenalina cada vez que salgo al escenario. El arte te da libertad”. Así resume su pasión por la danza Matías Santos, el joven bailarín nacido en la ciudad entrerriana de San Salvador. Pero no fue hasta su paso por La Paz cuando conectó con la danza clásica e inició una carrera en ascenso. Tuvo una iniciación tardía, ya que comenzó a estudiar ballet a los 18 años, pero un par de meses le bastaron para cumplir el sueño de muchos: ser bailarín profesional. Desde 2005, forma parte del Ballet Estable del Teatro Colón desde 2005 y, el pasado julio, llevó su carrera a lo más alto, al cubrir el rol de primera figura en Rodin, la obra basada en la vida del famoso escultor francés. Así, se convirtió en el primer entrerriano en protagonizar un ballet en el coliseo porteño.

Tu relación con la danza comenzó con el folclore, ¿cuándo te conectaste con el ballet? 
El amor por el folclore viene por parte de mis padres, ellos me incentivaron a practicarlo y así fue como comencé a bailar en San Salvador, Entre Ríos, pero en ese entonces era más un hobby que otra cosa. Luego, nos mudamos a Chajarí; en ese momento yo sentía que realmente me gustaba bailar y expresar mis sentimientos a través de la danza. Debido al trabajo de mi padre, nos volvimos a trasladar, esta vez a la ciudad de La Paz, y allí surgió la conexión con la danza clásica, ya que pensaba que para crecer como bailarín folclórico necesitaba estudiar un poco de ese estilo. También tuve —y sigo teniendo— un lazo especial con el tango, género que me apasiona y con el cual llegué a las finales del Festival Cosquín 99.

¿Te imaginaste alguna vez que llegarías tan lejos en la danza clásica?
La verdad que no. Después nos mudamos a Resistencia, Chaco, y allí decidí contactarme con la maestra María Emilia Barba (muy reconocida en el ambiente) para tomar clases de ballet clásico; ella vio mucho talento en mí y me aconsejó que fuera a Buenos Aires. Ese mismo año (2001) con 18 años y sólo seis meses de estudio en técnica clásica, gané la beca Arte y Cultura “Maximiliano Guerra” con los maestros Sara Rzeszotko y Lidia Segni. La beca consistía en clases de ballet sin costo, lo cual fue de mucha ayuda ya que esta carrera demanda mucho dinero, sobre todo para los que venimos del interior. Fue mi primer contacto con gente vinculada al mundo del ballet profesional y eso me abrió numerosas puertas pasado algún tiempo. Seguidamente, entré al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón y, en forma particular y hasta la actualidad, me formé con los maestros Martín Miranda y Tatiana Fesenko, estrella mundial del ballet y bailarina emérita del teatro Mariinsky (Rusia). 

¿Sos consciente de que tenés un don especial? Ya que no es común que un bailarín comience sus estudios a los 18 años.
Siempre supe que había comenzado grande a estudiar ballet, lo cual es una desventaja, pero con el tiempo acepté que esto tenía que ser así. Pude valorar y vivir otras cosas en mi vida que si hubiese comenzado a los 9, como la mayoría, no hubiese podido vivir plenamente, y eso hoy me hace transitar mi carrera de manera diferente, lo cual valoro muchísimo. Además, soy consciente de que tuve la suerte de tener a mi lado maestros que me ayudaron e incentivaron en todo. Supongo que habrán visto algo en mí que los llevó a eso, por ejemplo, al mes de entrar en la escuela del Colón, ya me habían citado como refuerzo del Ballet Estable. Si bien a la escuela se ingresa a muy temprana edad, como tenía 18 años y muy poco tiempo de estudio, me uní a un curso especial en el que aceptaban a determinados alumnos, más mayores. Al año siguiente, me ubicaron en un curso de la carrera de danzas, ya que fui superando las audiciones necesarias (clases específicas de ballet y exámenes físicos). 

Tuviste una evolución perfecta desde tu ingreso en la escuela del Colón hasta formar parte del ballet estable en 2005. En menos de cinco años, pasaste de ser un estudiante a protagonizar como solista obras tan importantes como Onieguin, interpretando al príncipe Gremin.
Todo ha sido una experiencia maravillosa. Siendo un recién llegado a Buenos Aires, tuve la oportunidad de viajar al exterior junto al ballet juvenil y conocer países de Europa, luego México y Aruba, entre muchos otros. A finales de 2004, se abrió un concurso internacional para 16 puestos en el Ballet Estable, nueve para puestos femeninos y el resto para masculinos. Las audiciones se llevaron a cabo en tres etapas evaluatorias ante un prestigioso jurado internacional, cada una de ellas fue una adrenalina mezclada con nervios, algo tremendo; éramos más de 200 aspirantes y, al finalizar, cuando dijeron el número que tenía en mi camiseta, la felicidad que sentí no cabía en mi cuerpo.

Desde que ingresaste al Ballet Estable has tenido numerosos roles destacados. ¿Cuáles han sido tus favoritos?
Si bien he sido solista en varias obras, fue en 2011 cuando me eligieron para uno de los roles principales, el príncipe Gremin en la obra Onieguin. Al año siguiente, otro gran coreógrafo internacional, Nils Christe, me seleccionó para el rol principal de su obra Before Nightfall. Luego, se volvió a reponer Onieguin y los coreógrafos repositores, Víctor y Agneta Valcu, me eligieron para ser el mismo Onieguin (rol principal). Sin dudas, esta fue la experiencia más gratificante y plena que he tenido con el ballet estable del Colón. Pude trabajar con estos grandes maestros y personas que me transmitieron felicidad y amor por este arte. Luego fui elegido para el rol principal de Cenicienta, del italiano Renato Zanella, y a fines de la temporada 2013 y comienzo de esta, interpreté a Von Rothbart en El lago de los cisnes del inglés Peter Wright. 




Por tu papel fue en la obra Onieguin recibiste importantes elogios de sus coreógrafos. 
Onieguin ha sido la obra que más he vivido plenamente en todo sentido, ya que es una obra maestra tan elevada en cuanto a su historia, su música y coreografía, sin dudas, un regalo para la humanidad. Además, nunca voy a olvidar las palabras de Victor y Agneta hacia mi pareja de baile y a mí, cuando los encontramos al año siguiente en Moscú: “…aquí se ven muchas cosas, muchos bailarines buenos, dotados de condiciones físicas, de técnica, de potencia, pero pocos con el alma y el arte que tienen ustedes para ofrecer a la gente…”. Esas palabras fueron el premio más grande que pude recibir como bailarín. 

Además de las temporadas en el Teatro Colón, has protagonizado obras con otras compañías.
Independientemente de lo que realicé con el ballet del Colón, ya había interpretado roles protagónicos en obras como Giselle, en el Teatro Auditorium de Mar del Plata, El Corsario y Choppiniana, en el Teatro Independencia de Mendoza, y uno de los roles más satisfactorios, Albrecht, de Giselle, en mi propia provincia, en el Teatro 3 de Febrero de la ciudad de Paraná junto a la primera bailarina Gabriela Alberti.



También has sido miembro de la compañía Tango Pasión y participado en el Festival de Cabo Frío, Brasil, junto a estrellas internacionales de la danza.
En 2010 fui invitado al festival junto a Marta Desperés para la gala de cierre, en la cual compartimos escenario con Cecilia Kerche y Rolando Sarabia, entre otros. Y luego Carmen Tarsi formó Tango Pasión para realizar una gira por Centroamérica. Fue un espectáculo que agrupaba bailarines, músicos y cantantes, una linda experiencia ya que pude vivir la pasión que siento por el tango y el ballet en un mismo espectáculo. 

¿Cómo fue tu experiencia en el famoso Teatro Bolshoi de Moscú?
Fui partner en el XII International Ballet Competition del Teatro Bolshoi. Junto a mi compañera, la bailarina Luana Brunetti Mattion, llegamos a las semifinales, obteniendo un reconocimiento a la maestría artística. Todo surgió luego de que Luana me invitara a bailar con ella, lo cual me parecía una locura, ya que si bien muchas veces hemos bailado juntos, nunca se me hubiera ocurrido que lo íbamos a hacer en Rusia. Nos pusimos a trabajar muy duro con la preparación del maestro Martín Miranda y la maestra rusa Tatiana Fesenko; teníamos poco tiempo ya que, en el medio, nos íbamos de gira a Medio Oriente, así que casi sin darnos cuenta ya estábamos en Moscú. Presentamos los pas de deux de La Bella Durmiente del Bosque, y del segundo acto de Giselle, además de un tango llamado Homenaje a Troilo, con coreografía de Claudio Longo. Es imposible describir con palabras lo que uno siente al pisar un escenario con tanta historia y energía; y más aún haber bailado ante gigantes del ballet como Ssvetlana Zakharova, Yuri Grigorovich, Ulyana Lopatkina y Ludmila Semeniaka, entre otros. Estaba viviendo el sueño de cualquier bailarín. Fue un verdadero regalo de la vida llegar a donde llegamos y conseguir dicho reconocimiento.

¿Qué obstáculo ha sido el más difícil de superar como bailarín profesional?
Podría decirse que el obstáculo es uno mismo. Varias veces he tenido que vencerme a mí mismo, no es fácil desnudar el alma y mostrar quién es uno en el escenario o en el trabajo diario. He tenido altibajos, pero algo dentro de mí siempre me dijo que tenía que seguir… algo muy fuerte. En realidad, siempre supe que quería ser bailarín y ser feliz bailando, soy un afortunado de haberlo logrado.

¿Qué planes tenés para el futuro? ¿Abrir tu propia academia?
Trato de no pensar mucho en el futuro. Vivo el día a día y procuro estar abierto a lo que la vida me regale. Tengo la suerte de tener proyectos de espectáculos y demás. Mientras tanto, sigo trabajando para crecer como bailarín, como artista y como persona. No he pensado mucho en eso, supongo que luego de retirarme y de haber aprendido tanto, como dice mi maestro, llegará el momento en que se debe legar a las próximas generaciones todo lo que nos han enseñado. Ya veremos.




 
 
 
















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