Aventura río arriba


Memorias de una hazaña

Foto: Emiliano Patat

A 10 años de la travesía que los llevó a través del río Paraná en kayak, los paranaenses Martín Bertos y Zaio Taleb cuentan sus recuerdos y anécdotas. Aguas arriba, unieron las provincias de Entre Ríos, Corrientes y Misiones, en un trayecto de más de 3.000 kilómetros realizado en 120 días.




La travesía duró cuatro meses: los paranaenses Martín Bertos y Zaio Taleb realizaron una aventura que, si bien fue en 2004, recuerdan como si hubiese sucedido ayer. Ellos dejaron Paraná un 25 de enero para embarcarse en un recorrido en kayak, que les permitió unir las provincias de Entre Ríos, Corrientes y Misiones, y Argentina, Paraguay y Brasil, en un trayecto de más de 3.000 kilómetros aguas arriba. Hoy, a 10 años del recorrido, cuentan sus recuerdos y anécdotas, los amigos costeros que hicieron y las situaciones más difíciles que vivieron. 



“La idea comenzó una tarde de pesca en el faro del Club Estudiantes, cuando aparecieron dos remeros que venían de Santa Fe. Charlamos un rato con ellos y se nos ocurrió hacer algo similar. Primero pensamos en hacerlo río abajo hacia Diamante, pero la vuelta sería muy complicada. Los planes no pasaban de estar un par de días en la isla o de llegar hasta La Paz. Las ideas iban y venían. “¿Por qué no llegar hasta Corrientes?” o mejor, “lleguemos hasta Brasil”, nos decíamos sin saber ni siquiera los kilómetros o el tiempo que nos llevaría el recorrido. Todo se planeaba en una charla con caña de pescar en mano y mates de por medio. Martín tenía poca experiencia y un solo recorrido hasta Diamante, y yo ni siquiera me había subido a un kayak en mi vida”, recuerda Zaio Taleb. 

¿Cómo fue la organización del recorrido?
Cuando nos sentamos a analizar el mapa, tratamos de proyectarlo en etapas o tramos, pensando en un principio entre 40 y 60 kilómetros por día o en unas 5 a 8 horas diarias, realidad que por diferentes factores no pudimos concretar durante el viaje. A veces estábamos enfermos, en otras ocasiones nos quedábamos a convivir en la isla con personajes muy particulares o simplemente disfrutábamos de la naturaleza que nos rodeaba.

¿Llevaron a cabo esta travesía sin conocer el río?
Sí, fuimos bastante atrevidos e inexperimentados. Recuerdo una de esas reuniones para planificar el recorrido, en la cual estábamos mirando el mapa y haciendo cálculos sobre el viaje, y todavía no habíamos comentado nada sobre la idea a nuestros familiares. En un momento, apareció mi papá y nos preguntó qué estábamos marcando en el mapa. Le hablamos sobre la travesía y, acto seguido, entre carcajadas nos dijo que estábamos locos de remate. Luego ya con la decisión tomada, fuimos hasta la guardería náutica de la Toma Nueva, para comentarle sobre nuestro plan al propietario, Don Lerch, y a adquirir los kayaks. Él había hecho un viaje parecido en lancha, así que en charlas posteriores, nos entregó copias de viejos mapas del río Paraná y nos advirtió sobre cuestiones a tener en cuenta durante el viaje, como por ejemplo conocer las zonas que estaban marcadas en el mapa pero que en realidad habían desaparecido o cambiado por los grandes movimientos que se producen en el río. Luego, le informamos a Prefectura Naval sobre el viaje; cada vez que llegábamos a un puesto, se le informaba al próximo sobre nuestra salida y horarios. Era genial ver las caras de asombro cuando nos daban la bienvenida pensando que íbamos río abajo… (risas).

¿Por qué decidieron ir río arriba, complicando lo ya complicado?
En realidad, comenzamos a hacernos bromas sobre quién soportaría un tramo cada vez más largo y cada vez agregábamos más kilómetros. Desde el principio lo pensamos, teniendo en cuenta que la vuelta sería más suave y, luego del esfuerzo río arriba, la recompensa sería la vuelta. Planificamos los días de varias maneras, aunque durante el viaje tuvimos que adaptarnos de acuerdo a los kilómetros que faltaban hasta la próxima parada y la complicación del tramo. Tuvimos que aprender a remar por la noche y sin luna; después de chocar varias veces con los árboles caídos en la costa, comenzamos a leer la corriente: la curva que se forma al tocar algún obstáculo se sentía debajo del kayak uno o dos metros antes del impacto.

¿Qué hacían cuando finalizaban cada etapa?
Plantábamos la carpa en el puesto de Prefectura o en la isla, así conocimos realmente el trabajo que hace Prefectura y los peligros con los que lidian todos los días, sobre todo en la zona pasando Posadas donde el río se angosta y comenzaba el contrabando de drogas, yerba, vehículos y cigarrillos. Allá, frente a Paraguay, los puestos están ubicados aproximadamente cada 20 y 60 kilómetros donde el río llega a veces a tener unos cien metros de separación desde la costa argentina a la paraguaya, de esta manera pueden controlar con mayor eficacia el contrabando.

¿Y cómo se abastecían de comida y bebida?
Desde tierra, nuestros familiares nos llevaron provisiones en La Paz, luego Empedrado y Esquina (Corrientes) y finalmente Posadas (Misiones). Pero principalmente, nos gustaba pescar y algunas veces cazar ranas. El menú diario generalmente era, por la mañana, café con leche, galletitas si teníamos, o polenta con leche y azúcar. Luego, al mediodía y por la noche, arroz, polenta, lentejas y fideos. También nos abastecíamos de donaciones de los municipios y personas que conocíamos en el camino.

¿Tuvieron algún apoyo extra?
Armamos una carta de presentación sobre el viaje para enviarla a algunas empresas, que nos brindaron elementos de pesca y comestibles. Y el municipio de Paraná, a través de la Secretaría de Turismo, nos donó algo de dinero que utilizamos en el viaje para la comida y gastos no previstos.

Tendrán miles de historias. ¿Qué pequeñas anécdotas recordás?
Anécdotas tenemos un millón. Sin duda, una de las menos bellas fue el malestar estomacal por comer tantas latas de picadillo y así navegar varios días descompuestos. También recuerdo la vez que estábamos navegando sobrepasando la costa de Piedras Blancas, en Entre Ríos, una zona rocosa y torrentosa, donde varios dorados saltaban asustados, era un espectáculo; recuerdo que uno saltó de lado a lado delante de mí, y otro saltó directamente en la cara de Martín haciéndole caer los anteojos, que por suerte terminaron dentro del kayak. Y sin duda, algo para recordar fue el tema de los mosquitos; había lugares que al atardecer aparecía una nube constante persiguiéndonos, si parábamos de remar nos comían vivos. Hubo noches, como la que pasamos en  Goya (Corrientes), donde la humedad y el calor eran insufribles, pero teníamos que remar vestidos con buzos, camisas manga larga, pantalón y sombrero. Si nos quedábamos quietos para descansar, las manos se impregnaban de picaduras; la única solución era armar el campamento y pescar para comer.



¿Se perdieron alguna vez?
Unas tres veces. La más densa fue cerca de Goya, ese día salimos temprano porque queríamos llegar rápido al destino. Pero el día se iba terminando y el tramo se volvía cada vez más largo, al atardecer preguntamos a una familia costera, que nos informó que nos faltaban unos 20 kilómetros para llegar. En esa zona, el río comenzaba a enredarse, no sabíamos exactamente si íbamos por el río grande o por un brazo. Ya casi de noche, el paisaje se tornaba raro, aparecían pajonales y zonas de poca profundidad, tampoco veíamos luces. Seguimos remando y no encontrábamos la costa, parecía que estábamos dentro del mismo laberinto por horas, sumando los mosquitos, alguna que otra palometa que saltó dentro del kayak, y los ojos rojos de los yacarés cuando iluminabas el agua. Teníamos la preocupación de encontrar tierra más que saber dónde estábamos, pasamos varias horas así, hasta que en un momento comenzamos a escuchar ladridos a lo lejos, llegamos a donde estaban los perros y vimos luz, por fin encontramos tierra y una casa donde vivía una pareja que se había alejado hacía años del ruido de Buenos Aires y había apostado por otro estilo de vida. Nos trataron de maravillas, no podían creer cómo habíamos llegado hasta ahí, habíamos pasado humedales y zonas peligrosas, no sólo por los yacarés sino también por los búfalos que dejan libres para crianza, que son bravísimos. Al otro día nos llevaron en una vieja camioneta hasta la costa de Goya al destacamento de Prefectura, hicimos nuevamente noche en el puesto y continuamos el viaje.

¿Cómo fue terminar la primera etapa en Iguazú, Misiones, y la llegada definitiva a Paraná?
La llegada a Iguazú fue una sorpresa, en Prefectura sabían que llegaríamos el 27 de abril, fueron en total 87 días río arriba. Llegar a Iguazú nos ponía la piel de gallina por momentos y sentíamos mucha emoción. La gran sorpresa fue ver a nuestros familiares acercándose a la costa para celebrar con nosotros la primera parte del viaje, realmente emocionante. El Club de Pesca de Foz nos recibió y nos entregó un reconocimiento. Allí conocimos a un señor, quien se había enterado de nuestro viaje y tenía ganas de conocernos. Él había viajado desde Iguazú hasta Tierra del fuego en velero, era la primera persona que encontrábamos con la misma sintonía, recuerdo que nos dijo “todavía no tienen idea de lo que están haciendo, cuando pase el tiempo se van a dar cuenta de lo que están logrando”. La llegada a Paraná fue muy especial también. Arribamos bajo una tenue llovizna, acompañados de los amigos de la Guardería de la Toma, el grupo de kayakistas de la Escuela de canotaje del puerto de Paraná y el grupo Pasis Nunti, desde la guardería donde había comenzado esta historia. Nuestros familiares y amigos esperaban en la costa para la tan esperada bienvenida. Luego de tanta aventura, estábamos emocionados por llegar y contarles todas nuestras anécdotas. 

Un encuentro inesperado
Antes de llegar a San Ignacio, Misiones, una tarde de mucho calor, habíamos visto varias vertientes. Entre la arena y las piedras encontramos una pileta, justa para apaciguar el calor y también para beber, ya que el agua estaba helada. Bajamos las cosas de los kayaks para cocinar y descansar un rato, la costa estaba bastante sucia, llena de ramas enmarañadas. En un momento, Martín gritó “¡no te muevas, tenés una rosca de yarará al lado!”, miré hacia abajo y despacito la víbora se iba moviendo, creo que interrumpimos su siesta así que muy lentamente nos buscamos otro lugar para descansar. Por suerte, el encuentro con la naturaleza quedó solo en eso.

Foto: Emiliano Patat


Más aventura en Yaciretá
“Habíamos pasado la Isla Apipé y estábamos próximos a llegar a Yaciretá, en Corrientes. Nos levantamos temprano y nos aprontamos para el traslado al otro lado de la represa, que serían unos 70 kilómetros, pero había dos caminos: un tramo hasta llegar a Posadas, con la peculiaridad de una gran curva que nos haría tranquilo el viaje, pero más largo, o una segunda opción de navegar en línea recta, más corta pero con río picado. Salimos y dimos aviso a Prefectura del tiempo estimado de llegada. En un principio, el río se mostraba tranquilo, por lo que decidimos tomar la línea recta. Comenzamos a separamos (siempre lo hacíamos, dejábamos entre unos 5 a 10 minutos de distancia entre nosotros) y en un momento comenzó a ponerse complicado, nos vimos varias veces a lo lejos cada uno tratando de pasar el tramo. Yo llegué al puesto de Prefectura pensando que Martín ya estaría allí, pero me encontré con la realidad de que no era así. Decidimos ir a buscarlo en lancha, recorrimos la costa y lo encontramos a pocos metros muy descompuesto. En el trayecto sintió una picadura en el pie y comenzó a sentirse mal, fue un alacrán lo que encontró dentro del kayak”.

En medio de las balas
“Ya de vuelta, al irnos de Montecarlo, Misiones, el prefecto a cargo nos aconsejó no salir ese día, porque ellos no podían acompañarnos por tener una inspección (en algunos trayectos, que se consideraban peligrosos, Prefectura nos acompañaba). Era una zona peligrosa, dos meses atrás habían secuestrado una pareja desde el lado del Paraguay, aun así las ganas pudieron mucho más. Le explicamos que el tramo sería corto ese día. Partimos, pasó una hora y media más o menos, íbamos tranquilos con la idea de que estábamos cerca. Pero el río se dividía y en algunas partes alcanzaba los 100 metros de ancho. De repente, escuchamos unos sonidos, creíamos que estaban cazando y no entendíamos por qué la gente de la costa nos gritaba, la verdad nunca imaginamos que algo nos sucedería. Hasta que nos dimos cuenta por los silbidos de las balas que nos estaban disparando a nosotros desde el otro lado del río. Un segundo más tarde, nos tiramos al agua y nos escondimos detrás del kayak, y tomando la punta empezamos a nadar hacia la costa argentina. En el salto perdimos varias cosas que llevábamos, pero no nos importaba nada. En ese momento, una canoa comenzó a cruzarse con dos hombres: teníamos un par de opciones, la primera seguir nadando y llegar a costa, y la segunda, un poco más arriesgada, subir y comenzar a remar con todas nuestras fuerzas. Empezamos a ir hacia la costa y a mezclarnos entre los camalotes, con los disparos detrás. Luego estos cesaron, pero escuchamos gritos, así que nos subimos a los kayaks y remamos como si estuviéramos corriendo cien metros llanos. Pasó un minuto y vimos que una familia estaba en la costa, habían escuchado los disparos y bajado a ver qué pasaba. La suerte estuvo de nuestro lado, otra vez”, cuenta Zaio.

Amigos costeros
“Una tarde de mucho calor, buscando un lugar para asentarnos, llegamos a una esquina sobre la costa. Fuimos bajando todo ya para quedarnos y en ese momento empezamos a escuchar una orquesta de abejas, así que dejamos todo tirado, subimos a los kayaks y cruzamos al frente. Había unas líneas de pesca tiradas con alarma (latas de betún con una piedra dentro), así que nos quedamos un rato esperando y vimos llegar a Cacho en una balsa de chapas unidas a unos troncos de sauce, formando una especie de canoa, con una caña de bambú como timón y junto a él sus seis fieles amigos, los perros. Sin conocernos nos invitó a quedarnos en su hogar: un rancho armado de lona y troncos formando un triángulo, con sus utensilios de pesca, la olla negra de hierro, harina, condimentos, grasa y alguna que otra prenda de vestir. Cacho vivía con sus perros, con algunas  provisiones que le traía un sobrino desde Goya de vez en cuando, que no dudó en compartir con nosotros. Estuvimos tres días allí, uno de ellos con tormenta. Luego lo ayudamos a buscar carnada en los charcos donde los peces quedaban atrapados, con una malla hecha de bolsa de cebolla. Probamos dorado frito y palometones que sabían a delicia, también fumamos tabaco arrollado en hojas. Hacía 30 años que Cacho vivía en la isla, tenía alrededor de 65 años. Los perros lo cuidaban, estaban todo el tiempo con él, muchas veces cazaban carpinchos o nutrias, o alguna que otra vez, una anaconda. Me sorprendió ver la fidelidad de los animales con él, cuando se cruzaba al otro lado de la costa, los perros lo seguían nadando, ¡increíble!”.


“Pasando La Paz vimos unos gurises tirándose al río, como ya casi estaba anocheciendo paramos a preguntar y seguir con el trayecto, pero Don Machado nos invitó a quedarnos y no nos pudimos negar. Estuvimos charlando en el patio del rancho, su historia también era algo única: en su vida habían pasado tres mujeres, con las cuales en total había tenido entre 21 y 25 hijos, los chicos que vimos en el agua eran sus siete nietos, él los criaba en la isla, tenía 72 años, animales y una huerta con zapallos gigantes de la que estaba orgulloso. Por la mañana nos preparó el desayuno: calabaza hervida, miel y leche recién ordeñada y calentita. Comimos y nos despedimos, a media hora de salir del puesto comencé a descomponerme, tal fue el malestar que tuvimos que parar a armar el campamento, pero teníamos poca agua y me encontraba muy mal. Martín tuvo que hacer los 20 kilómetros que quedaban hasta Esquina (Corrientes) y traer a la Prefectura, quienes me llevaron al hospital con un cuadro de deshidratación. Nos quedamos tres días allí. Lo peculiar de esa zona es que en el muelle se pescan rayas de importante tamaño, sacamos una de seis kilos y otra de ocho, las cuales terminaron como milanesas en una hermosa cena con los amigos de Prefectura”.





eloisa patat

Phasellus facilisis convallis metus, ut imperdiet augue auctor nec. Duis at velit id augue lobortis porta. Sed varius, enim accumsan aliquam tincidunt, tortor urna vulputate quam, eget finibus urna est in augue.